Salir de casa

Rodrigo Saavedra
Después de crecer, aprender y vivir toda mi vida en Renca, llegamos junto a Romina a vivir en la casa semi-abandonada de mi abuela ya fallecida en la comuna de Calle Larga, cerca de Los Andes. Era una casa de más de 80 años, construida con mucho esmero por familiares que no conocí y que fue en parte reconstruida después del terremoto del 85`. Con nuestra llegada en cierta forma volvió a la vida que había tenido en tiempos pasados.

Aquí vivió por mucho tiempo mi abuela Nicolasa, que vivió la impresionante suma de 100 años y que trabajó gran parte de su vida como cocinera en casas de gente adinerada de Valparaíso. La mayoría de los ricos del puerto eran ingleses, franceses y turcos, los que además de pagar poco, no tenían muy interiorizados eso de los 'derechos laborales'.
Al principio todo iba bien. El Valle del Aconcagua era un lugar muy tranquilo para vivir, pero que poco a poco fue revelando sus problemas, como la sequía y la cesantía que en la zona golpeaba por igual a obreros y profesionales. Todas las mañanas veía como pasaban a toda capacidad los buses con trabajadores rumbo a Santiago. En cierta forma, era un mal presagio para nuestras expectativas en este nuevo hogar.
Por lo menos dos o tres veces al mes tenía que tomar el bus, porque casi todos los encargos fotográficos y trabajos estaban en la capital. Durante el día, los caminos desolados de Calle Larga lo hacían parecer un pueblo fantasma. A veces me preguntaba, ¿Cómo es que la gente del Valle del Aconcagua aguanta tanto? Aunque los problemas eran variados y la falta de oportunidades eran un constante en mi cabeza, al rato se me pasaba y seguía el ritmo de mi vida. Pese a esto, con el tiempo se fue haciendo más notoria la necesidad de buscar un nuevo hogar.

En los días previos a que estallara todo, mientras en Santiago se producían evasiones masivas, en Los Andes se producían algunas tibias protestas. Era mediados de octubre y estábamos abocados en un trabajo fotográfico de un cliente en Santiago, por lo que viajaríamos el 18 de octubre, con la intención de volver al día siguiente. Los planes, sin embargo, cambiarían drásticamente.
Tras varios días en Santiago finalmente pudimos volver a Calle Larga, que también estaba experimentando una primavera en términos de movilizaciones sociales. Y uno a uno comenzaron a aparecer los temas: la sequía y el robo del agua, la falta de oportunidades y de empleos, la contaminación de las mineras río arriba, etc. Mediante las las redes sociales se convocó a una gran manifestación de todo el valle del Aconcagua en la plaza de Los Andes.
Barras de distintos equipos se reunían sin rencor alguno entre ellas, entendiendo que había una causa y un adversario en común. Sinceramente, nosotros esperábamos ver algunos cientos de personas, no los miles que finalmente llegaron. Se trataba, sin dudas, del movimiento más convocante que habíamos conocido.
Entre la gran cantidad de gente que como yo habían llegado sintiéndose parte de algo, recién pude sentirme uno más del Valle del Aconcagua, que había sido la cuna de mi familia y mis antepasados, pero que nunca había percibido como propio. Pensé en todos los abusos que tuvieron que sufrir nuestros parientes del pasado, en especial mi abuela Nicolasa por ser analfabeta, mujer soltera y de clase popular.
A diferencia de ellos, que no tuvieron ninguna chance de patear el tablero, hoy veo con claridad la fuerza y determinación de las nuevas generaciones de todo un país.. Sus voces resuenan tan firmes, que ya no importa el lugar donde esté viviéndolo, donde vaya está el rostro de las victorias del futuro.
Sólo quedaba una cosa por hacer...
Texto y fotografías por Rodrigo Saavedra
Edición y diagramación por Gastón Arce y Radar Renca
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