EN PRIMERA PERSONA

MATERNAR EN EL CAOS

Natalia Sánchez Mella
Ilustración de portada: Pola Jara
Una extraña combinación de euforia pero también precaución, impacto, alegría y miedo, y una alta dosis de esperanza y de incertidumbre a la vez. La revuelta social que inició el 18 de octubre de 2019 fue un torbellino de emociones para muchas personas. En el caso de las mujeres gestantes, vivir el término de un embarazo y parir en medio del caos resultó un verdadero desafío.

Victoría Pérez (32 años, Valle de Azapa) tuvo a Guillermo el 12 de diciembre, Ninoska Valenzuela (29 años, El Perejil) fue mamá de Leonor el 18 de diciembre y yo, Natalia Sánchez (31 años, Población Lourdes) tuve a Valentín el 7 de noviembre. Tres historias distintas, tres relatos cruzados por el miedo a tener trabajo de parto con toque de queda y por criar en tiempos de cambios.
1
Ninoska Valenzuela: "criando igual estábamos luchando"
Cuando se desató la revuelta social, recuerdo que lo primero que pensamos con mi pareja fue en lo orgullosos que estábamos de que habíamos despertado de tanta injusticia, pero también tenía mucho susto porque se veía mucho caos. Por esos días, lo único que pensaba era que por favor esta guagüita no quisiera salir antes, porque había demasiada incertidumbre, sobre todo en los primeros días. Fue impresionante ver cómo las noticias no paraban de hablar día y noche de lo que pasaba. Era como para no creerlo.

Acá en sector de El Perejil a la gente le asustaba salir al principio. Yo salía a mi balcón y no se veía a casi nadie en la calle. Esa noche de la revuelta salimos varias y quedamos sin palabras, porque pasaban y pasaban autos. Los vecinos comentaban que habían saqueado el Líder y los otros supermercados de acá, y ahí recién dijimos "ya, esto es heavy".
Algunos días después salimos con mi cuñada y vecina a cacerolear, afuera de la casa, ya no solo en el balcón, y ese día si que salía y salía gente. Yo diría que todo el pasaje estaba con cánticos y gritos y hasta llegó una batucada. Fue emocionante, muy genial, desde ahí que se sienten muchos cacerolazos. Ahora la gente está como bien participativa, sale sin miedo.

Y bueno, el parto fue todo un tema. Al principio siempre quisimos un parto en el servicio público, porque habíamos planificado un parto respetado y en nuestro hospital se podía dar por lo que nos contaba la matrona. Pero finalmente estaba todo tan raro y los sistemas públicos tan colapsados que no quisimos arriesgarnos y terminamos atendiéndonos en el sector privado. Afortunadamente se dio todo súper bien, pero la verdad es que el estallido nos cambió completamente los planes.

El toque de queda, por ejemplo, fue un tema de conversación difícil para nosotros como pareja y familia. Yo tenía mucho miedo de que empezara mi trabajo de parto y estuviera el toque de queda, porque se vio tanta violencia que pensaba que los militares creerían que andábamos arrancando, que nos pudieran atacar y todo terminara en tragedia. En la parte emocional, sobre todo en mi embarazo, me jugó una muy mala pasada todo lo del estado de excepción constitucional.
Igual, yo estaba absolutamente de acuerdo en las demandas y manifestaciones que se generaron. De hecho estuve mucho tiempo triste por no poder manifestarme, porque estando embarazada era peligroso. Lo conversamos con varias mujeres que estaban gestando y la verdad es que criando igual estábamos luchando. Acá en la casa yo salía a cacerolear todos los días con los vecinos y se formaba algo hermoso. Un poquito antes de que naciera la Leonor, pudimos ir a una marcha que se realizó acá hasta la fábrica Kayser por la gente que falleció ahí y me sentí plena de poder manifestarme.

Con la Leo aquí, los primeros meses fueron un poco locos. La gente recién estaba empezando a salir, ya no había toque de queda y se estaba volviendo a la normalidad, a salir sin miedo. No siento que la revuelta condicionara la forma de traer a la Leo a este mundo. Quizás por las circunstancias tuvimos que cambiar los planes, pero para nosotros era muy especial que ella naciera en este Chile que despertó de tanto abuso, y que supiera que estábamos luchando por un país mejor para ella y eso hasta el día de hoy nos enorgullece.
2
Victoria Pérez: "Los recuerdos son terroríficos. Pienso en ese día y me da mucha ansiedad".
Ese 18 de octubre yo venía de un funeral. Había acompañado a un compañero de trabajo que falleció su papá. Venía de ahí y pasé justo frente al Líder que estaba en Miraflores. Para mí fue terrible la impresión. Me dio susto, terror. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida. Todavía recuerdo que los guardias venían corriendo hacia afuera tratando de cerrarlo pero venían autos rajados por todos lados. Lo único que quería era llegar a mi casa luego.

En ese momento pensé que iba a tener la guagua la verdad. Estaba con un embarazo de alto riesgo por el tema de la presión, la tenía muy alta y me sentí super mal esa tarde. Me acuerdo que los vecinos gritaban que iban a venir a saquear las casas, que guardaran los autos, era como una pesadilla..

A lo lejos se sentía el ruido de las sirenas de los bomberos, muchos gritos y mucha desesperación. Me acuerdo que mi mamá se asomaba y yo le decía "¡no, éntrate! que te puede pasar algo". De verdad es que no sabía si iba a tener la guagua o nos iba a pasar algo. Pienso en ese día y me da mucha ansiedad, incluso.
Como tenía un embarazo de alto riesgo, me atendía en el hospital y cada 15 días me tenían que controlar. El día lunes 21 de octubre, cuando ya se había declarado el toque de queda, tenía que ir a control. A pesar de que levantaron el toque de queda salí a las 5 de la mañana al control acompañada de una amiga y fue muy chocante ver como estaban otros puntos de la ciudad. Vivimos con mi mamá y mi abuela y mi mamá se quedó acompañando a mi abuela.

Era impresionante ver todo destruido. Yo decía que era como si hubiera ocurrido una guerra, los milicos en la calle, se veía todo gris. Llegué al hospital con la presión altísima y me desmayé, me tuvieron en observación como tres horas. Fue muy difícil, atendían lo que más se podía, y pensaban que se me podía adelantar el parto.

Mientras estaba embarazada uno de mis mayores temores era que fuera a tener trabajo de parto justo cuando hubiese toque de queda. El Hospital Félix Bulnes estaba funcionando en Providencia y pensaba en que podía hacer si me tocaba partir de noche para allá. La matrona de acá del consultorio me explicó que mi salvoconducto era el libro de maternidad, pero eso servía para mí, no para mi mamá o quien me acompañara al hospital.
«Mi mamá se asomaba y yo le decía que se entrara. De verdad no sabía si iba a tener la guagua o nos iba a pasar algo, los recuerdos son terroríficos.»
Era casi como que tenía que irme sola al hospital con un pañuelito blanco, y ojalá me topara con los milicos o los pacos para que ellos me escoltaran y me trasladaran lo más lejos posible, o me fueran a dejar al Félix Bulnes de acá para que me llevaran en ambulancia al otro hospital. Era un enredo más o menos. Así las cosas, si me sentía mal me aguantaba acá en la casa lo más que podía y trataba de no salir.

Si bien yo estaba de acuerdo con las movilizaciones, la verdad es que no participé en nada porque el miedo era mucho más fuerte. Hasta los cacerolazos me producían una angustia que me aceleraba el corazón y me subía la presión, así que no participé en nada.

Durante mi embarazo en ningún momento me cuestioné traer a Guillermo al mundo, pero cuando fue el estallido social yo si me cuestioné. Pensé, estoy trayendo un bebé al mundo cuando hay una incertidumbre de lo que va a pasar, casi como que va a venir a sufrir miserias. Pero luego dije no po, quizás no es así y él trae sangre nueva, ideas nuevas y no tengo por qué cuestionarme nada. Guillermo es como una semilla nueva, que sé crecerá bien y no se va a echar a perder como las plantas carnívoras que están ahora en la actualidad.
3
Natalia Sánchez: "se escribía nuestros nombres en el brazo para hacernos presentes en Plaza Dignidad".
Nos habíamos organizado para hacer una fiesta y celebrar la bienvenida de Valentín junto con mi cumpleaños el sábado 19 de octubre. Sólo pudo llegar la familia directa, y cuando nos resignamos a comer en exceso lo que se había preparado para mucha gente, se anunció el inicio del toque de queda. Rápidamente cantamos el cumpleaños y soplé las velas entre risas nerviosas. La familia se retiró rápido, esquivando las barricadas que habían en el camino. Sin dudas, será una celebración que nunca vamos a olvidar.

En los días siguientes mirábamos las noticias de los saqueos y el caos comiendo torta. Mientras ya se rumoreaba un posible desabastecimiento, en casa teníamos provisiones a destajo; empanadas, quequitos, bebestibles y la mencionada torta, mucha torta. Recuerdo ese sentimiento de impacto y a la vez curiosidad por saber qué venía después. La impresión y la duda por las estaciones de metro incendiadas y especialmente la enorme frustración de no poder participar de las manifestaciones en Plaza Dignidad. Con un embarazo de término era impensado ponernos en riesgo a los dos.
El viernes 25 de octubre, el día de la marcha del millón y medio, la más grande desde el retorno a la democracia, Pablo, mi compañero y papá de Valentín, se escribió nuestros nombres en el brazo para hacernos presentes en Plaza Dignidad. Volvió caminando y le pedí que me compartiera su ubicación para mirar por donde venía. Era imposible no tener miedo frente a la represión, no sufrir y llorar con cada ojo herido, con cada cabeza impactada por lacrimógenas, cuerpos heridos de balines, y una con otra vida dentro esperando salir.

En un punto tuve que dejar de mirar videos de lo que pasaba porque no soportaba la angustia y sabía que todo eso se traspasaba a mi guagua. El día del incendio en la bodega Kayser, por ejemplo, me puso muy mal. Era aquí nada más, y Yoshua tan joven...
«La sola idea de tener trabajo de parto en toque de queda (...) con milicos en las calles, no le doy ese temor a nadie»
Acá en la Población Lourdes la cosa estaba tranquila. Caceroleábamos de vez en cuando y se escuchaba El derecho de vivir en paz en algunas casas. Cuando la cosa se ponía muy intensa en la Plaza de Renca, el hedor de las lacrimógenas llegaba a veces hasta aquí. Me preguntaba qué efectos podía tener en mi guagua, o si podría inducir el parto.

La sola idea de tener que salir con trabajo de parto en toque de queda con tanta violencia policial desatada, con milicos en las calles, no le doy ese temor a nadie. Pensaba en las mujeres en la dictadura, cómo se habrían sentido en ese entonces. Le hablaba y le pedía a Valentín que naciera en el día, que no nos hiciera pasar por ese riesgo. Habíamos decidido tener un parto natural con unas matronas pioneras en el tema que atendían en el Hospital de Talagante, por lo que no era un trayecto menor. Nos reíamos en los últimos controles porque ya no había peaje en la Ruta 78 en la salida a Talagante. Todo gracias al estallido, pensábamos.
Incluso comprar el Bono PAD para la atención del parto fue difícil porque no estaban abiertas las oficinas de Fonasa, y la opción era solicitar un código por internet y pagar en un Sencillito. El tema era que tampoco se podía pagar con la tarjeta y conseguir cajeros para girar efectivo, que también era una odisea. Pablo recorrió dos o tres comunas durante una mañana completa, porque yo sólo pensaba que debíamos estar preparados, pese a todo.

El día que nació Valentín, el 7 de noviembre, Piñera convocó al Consejo de Seguridad Nacional y anunció la agenda "de seguridad" — de represión diría yo — que incluía la llamada Ley anti saqueos y anti barricadas. Ahora que lo pienso, creo que escogimos el nombre Valentín por todos y todas esas valientes que saltaron el primer torniquete del metro, que nos dijeron que no son 30 pesos, son 30 años. Para criar una generación que nazca del estallido, y que con ellos y ellas emerja un nuevo Chile, más justo y menos desigual.
Recopilación y texto por Natalia Sánchez M
Ilustraciones por Pola Jara
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