ELEGÍA SOBRE LAS RUINAS DE KAYSER

Los afectos no los consume el fuego

Catalina Ríos Muñoz

«Habrá que demoler todo recuerdo de un cuerpo intacto
Habrá que saquear las cavernas de un templo hecho ceniza hoguera y tez
Habrá que incendiar todo rastro de amor
Habrá que morir en silencio».


Bonzo, Maximiliano Andrade

Hasta hace diez años, toda esta extensión estaba cubierta de viñedos. Por los caminos de álamos aún quedan rastros de las haciendas y algunos sauces todavía resisten en las orillas de las acequias. La visión despejada de los potreros que aún quedan en los límites de la urbanización permiten observar la cuenca y las luces brillando a lo lejos.

El viento forma remolinos y levanta la tierra de los atajos por los que transitan los trabajadores y los vecinos de las fábricas y bodegas del sector de El Montijo. Desde hace un año, el viento también ha sumado al ruido de las industrias un tronar de latas constante como ruido blanco, que proviene de las ruinas de la fábrica textil incendiada el veinte de octubre.

El metal se retuerce y explota en ondas de sonido que inundan las calles y pasajes de las villas de casas pareadas, construidas sobre los potreros como ramificaciones infecciosas de la cuidad siempre en expansión. Es un ruido constante como el del mar, varía la intensidad de las olas según el viento, choca contra los cimientos de la fábrica que, pese al ímpetu de vaivén, no cede. A casi un año del incendio, los vestigios de Kayser se resisten al derrumbe.
Primero fue el humo. La columna negra abultada ascendía desprendiéndose del fuego, marcando como un hito en el mapa de Santiago el lugar donde acababan de encontrar los despojos de cinco calcinados. Apenas unas horas antes, los vecinos se agolpaban en la entrada, corrían intentando agarrar lo que cupiera en las manos. Bolsas de ropa interior terminaron rematándose por algunos pesos en las ferias libres del sector en las semanas siguientes.

Las cenizas levantadas por la velocidad de los pasos al interior de la fábrica permanecieron meses suspendidas en los alrededores, se mezclaron con la tierra de los campos, tiñeron el cauce débil de los canales, se pegaron a las ventanas como si quisiesen tapiar la mirada. Las lenguas de fuego de las barricadas fueron prendidas por las chispas de la impotencia, iluminaron las calles que de noche todavía murmuran los nombres de los muertos, proyectaron en los muros consignas repetidas como un susurro desde hace años.
Los contornos de la fábrica fueron recorridos pacientemente por quienes buscaban las respuestas que nadie fue capaz de dar. Dijeron que no había quedado nada de ellos, pero entre los rescoldos aparecieron llaves y restos de ropa. Se habló de golpes, fracturas, hematomas, balas. Nadie quiso escuchar. Nadie, tampoco, le devolvería al cuerpo la convicción y la energía adolescente entregada al socorro, el impulso tibio de un acto desinteresado.

El desmantelamiento fue gradual, movido por personas que durante meses ingresaban a escarbar entre los restos todo lo que fuera monetizable. Salían arrastrando fierros para vender al kilo, cargándolos en triciclos, camionetas o pidiendo a los choferes que abrieran las puertas traseras de las micros. Los rayados de las paredes del frontis intentaron borronear las estelas de los militares que rodearon la fábrica el día del incendio, pero sus sombras todavía rondan en la oscuridad de las ruinas.

No hay espacio para la verdad donde el desconsuelo se ha adherido como maleza al cemento destartalado. No hay combustión que desmorone las heridas. No se pueden forzar las palabras donde las brasas todavía arden.-
Texto por Catalina Ríos Muñoz
Fotografías por Rodrigo Saavedra
Edición y diagramación por Radar Renca
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