cOLECTIVO FOTOGRÁFICO RENCA
Título del Artículo
It was the readiness with which he spoke of them. It was the context. He knew that I had arrived in Scotland, for my first visit, just an hour earlier.
Miré a mi alrededor y entendí que no era un día cualquiera, la oficina del Registro Civil donde renovaba el carnet estaba casi vacía y afuera en la calle pasaba de todo. De golpe superé el letargo de la mañana y ahí llegó el momento de sacar la foto, la primera de ese dia. Así partió mi estallido.

Me dirigí al centro y todos hablaban del mismo tema. Que esto iba para largo, otros que era solo un movimiento de escolares, y algunos pocos pronosticando que esto sería un levantamiento generalizado. El clima era similar al previo a las protestas de los pingüinos de 2006, las marchas universitarias del 2011 pero ahora se sumaban otros sectores, como la salud, los sindicatos, los reclamos por el sueldo mínimo, la desigualdad, la vivienda, etcétera.
Llegué a mi casa a eso de las ocho de la tarde porque estaba pesado el tránsito, en parte por los tacos y en parte por los cortes de calle. En la micro, que iba llena, otros pasajeros contaban lo que habían visto y la caminata larga que tocó para subirse a los últimos buses que circularon ese día. Apenas llegué a la casa tomé la cámara y salí. En ese momento lo sentí también como un deber en registrar un momento que ya pintaba para histórico.

Caminé por Domingo Santa María hacia la plaza de Renca. Llegamos hartos en ese momento, y muchos vecinos se fueron uniendo cacerola en mano. Nunca olvidaré ese ambiente de compañerismo que se formó, encontrándonos, compartiendo una misma alegría por estar juntos, pero con rabia e indignación en la profundidad de sus miradas.


Al principio la mayoría llegó de manera tímida, pero al rato nos animamos y bajamos a tomar la calle. Aunque en las manos tenía la cámara, me sentía parte como un ciudadano más y no como un espectador. Al calor de la barricada se encendía también la conciencia, porque en Chile hace mucho tiempo venían pasándonos por encima, al costo de disponer de las vidas de millones de vidas de gente trabajadora, de familias, generaciones y sueños.Cuando se apague la fogata y nos vayamos a la casa, ¿qué pasará con esa energía desplegada esa jornada? Toda esa fuerza no se iba a diluir tan fácil, mucho menos se podía perder.
El día siguiente esto se confirmó cuando al volver temprano a la plaza ya éramos más de 300 que llegamos con la intención de manifestarnos. Había niños y abuelos, letreros y gritos.

El escenario cambió rápido cuando los pacos vieron amenazado un supermercado, comenzando a disparar sus primeros cartuchos. A escasos metros de donde estaba mi familia hubo quienes recibieron impactos de lacrimógenas disparadas al cuerpo y balines. Corrimos al otro lado de la calle para hacerle el quite al gas, pero nos encontramos de frente con una pareja de pacos, que sin tener consideración por las personas con movilidad reducida, nos lanzaron a pocos metros otra lata de gas lacrimógeno.
En un momento quedé frente a tres pacos, uno de los cuales disparaba y los otros lo cubrían. Sin mediar más provocación que enfocarlos en el objetivo de la cámara, uno me apunta directo al cuerpo. Pese a que la reacción inmediata habría sido correr el cuerpo, preferí capturar la foto. "Mira ese hueón, ¡dale!" escuché mientras me daba vuelta para cubrirme. Por centímetros el proyectil no me impactó, y después que otro colega fotógrafo trató de intervenir nos lanzaron otra más.
¿Qué pasará con esa energía desplegada esa jornada? Toda esa fuerza no se iba a diluir tan fácil, mucho menos se podía perder.
Después de ese primer cruce nos cambiamos de vereda para tomar un poco de aire, le di las gracias al otro fotógrafo y nos separamos. Cuando traté de volver para encontrarme con mi familia los vecinos ya habían recuperado la plaza y la calle seguía siendo nuestra. Para entonces y por el efecto del gas no podía seguir tomando muchas fotos con claridad, pero podía ver como llegaban más personas a manifestarse, al mismo tiempo que les respondían con más balines y lacrimógenas, algunas de las cuales caían dentro de las casas del sector.
En momentos así, la búsqueda de la foto queda en un segundo plano y había que sumarse como uno más. Algunos vecinos vecinos ayudaban con limones, otros mantenían la música y las consignas a toda voz, se formó espontáneamente nuestra propia primera línea renquina, y juntos con ellos después surgió la brigada de Salud. Por entonces el estandarte de la lucha más lógico era la bandera, que con el correr de los días fuimos reemplazando por una que nos representara más, como la bandera negra y la Wenuyofe.

A pesar del cansancio extremo con que regresamos a la casa a altas horas de la noche, procesar todo lo que habíamos visto y la adrenalina hicieron imposible dormir. Quizá en cuantos otros puntos de la ciudad y en otras ciudades todavía estaba la gente en las calles, otros heridos por la repre esperando atención en postas o muchos teniendo que dormir en casas ajenas por miedo o por que los pilló el toque de queda.
El 20 de octubre el levantamiento popular ya era generalizado en todas las regiones, todos alzando una sola voz que exigía ser escuchada alguna vez. Ver los enfrentamientos por la tele o por redes sociales, la respuesta policial y militar totalmente desproporcionada, ver situaciones límite como quien entra a un supermercado y se lleva mercadería porque no tiene para comer al otro día. ¿Hasta cuando se pretendía esconder la realidad de un país desigual?
Salimos a dar una vuelta y las calles estaban distintas, con un ambiente que no tenía nada que ver con los días previos. Había restos de barricadas, un olor a humo y gas lacrimógeno aún presente en el aire y mucha fila en las bencineras. Cuando íbamos pasando por afuera del supermercado Alvi, que había sido totalmente saqueado, llegó la PDI a disparar con escopetas a los últimos que venían saliendo con cosas, aunque no se atrevieron a bajar a tomar detenidos. A unas tres o cuadras de ahí sucedía lo mismo en el Acuenta, donde con camionetas llegaban a sacar lo último que encontraran. Que la situación escalara a estas alturas, era inevitable.

Esos tres días de octubre fueron de una potencia tremenda y de sentimientos encontrados. A casi un año del Estallido, que se siente como si hubiese sido ayer, vuelvo a revisar las fotografías y siento que estas imágenes no se deben olvidar. Que lo que quedó plasmado en cientos de fotos no puede quedar guardado en un cajón para dar vuelta la página. Son, de hecho, el recordatorio de que el futuro del nuevo Chile sigue estando en nuestras manos.
Aunque en las manos tenía la cámara, me sentí parte como un ciudadano más y no como un espectador.
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